Ataraxia: Relatos tras bambalinas
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Ataraxia no es una novela convencional ni un mero conjunto de relatos. Es una cartografía emocional en la que múltiples voces femeninas se entrelazan para explorar los claroscuros de la existencia, con la serenidad -esa ataraxia clásica- como horizonte posible pero nunca ingenuo. El libro se despliega como una sucesión de historias íntimas que revelan las fisuras del amor, el cuerpo femenino como compañero de vida, la maternidad elegida o no, la violencia cotidiana, el duelo, el deseo y el silencio. Cada relato es autónomo, pero todos conforman un tejido coherente, sostenido por una sensibilidad narrativa que prioriza la experiencia interna más que la acción externa. En Ataraxia, lo que importa no es lo que ocurre, sino cómo se vive y cómo se recuerda. Los relatos muestran diversidad de personajes. Mujeres de distintas edades, contextos sociales y trayectorias vitales son las protagonistas de historias que no idealizan la experiencia femenina ni caen en estereotipos. Por el contrario, en el libro se expone con honestidad la ambigüedad de los vínculos, la fragilidad de ciertos pactos afectivos y la manera en que muchas mujeres han aprendido a sobrevivir -y a veces a encontrar belleza- en medio de estructuras adversas. Los personajes masculinos, aunque presentes, operan principalmente como fuerzas que tensionan, interpelan o revelan los procesos internos de las mujeres que hacen parte de sus vidas. Ataraxia no es una obra complaciente. Con una escritura cercana, sin deslumbramientos retóricos, es un libro que se lee mejor desde la detención que desde la prisa. Algunos relatos abordan con crudeza temas como la violencia doméstica, la enfermedad, la muerte o la guerra. La carga emocional es alta y, por momentos, exigente. Sin embargo, esa densidad no deriva en oscuridad gratuita, sino que se equilibra con el humor sutil, la ironía y una profunda compasión hacia los personajes. La ataraxia que propone el libro no es la negación del dolor, sino la posibilidad -siempre frágil- de recomponerse después del caos. La obra cierra con la autocuración, la metanoia. Refuerza esta idea de tránsito y transformación que todos llegamos a sentir; la necesidad humana de continuar, sin estridencias ni moralejas.
Ataraxia no es una novela convencional ni un mero conjunto de relatos. Es una cartografía emocional en la que múltiples voces femeninas se entrelazan para explorar los claroscuros de la existencia, con la serenidad -esa ataraxia clásica- como horizonte posible pero nunca ingenuo. El libro se despliega como una sucesión de historias íntimas que revelan las fisuras del amor, el cuerpo femenino como compañero de vida, la maternidad elegida o no, la violencia cotidiana, el duelo, el deseo y el silencio. Cada relato es autónomo, pero todos conforman un tejido coherente, sostenido por una sensibilidad narrativa que prioriza la experiencia interna más que la acción externa. En Ataraxia, lo que importa no es lo que ocurre, sino cómo se vive y cómo se recuerda. Los relatos muestran diversidad de personajes. Mujeres de distintas edades, contextos sociales y trayectorias vitales son las protagonistas de historias que no idealizan la experiencia femenina ni caen en estereotipos. Por el contrario, en el libro se expone con honestidad la ambigüedad de los vínculos, la fragilidad de ciertos pactos afectivos y la manera en que muchas mujeres han aprendido a sobrevivir -y a veces a encontrar belleza- en medio de estructuras adversas. Los personajes masculinos, aunque presentes, operan principalmente como fuerzas que tensionan, interpelan o revelan los procesos internos de las mujeres que hacen parte de sus vidas. Ataraxia no es una obra complaciente. Con una escritura cercana, sin deslumbramientos retóricos, es un libro que se lee mejor desde la detención que desde la prisa. Algunos relatos abordan con crudeza temas como la violencia doméstica, la enfermedad, la muerte o la guerra. La carga emocional es alta y, por momentos, exigente. Sin embargo, esa densidad no deriva en oscuridad gratuita, sino que se equilibra con el humor sutil, la ironía y una profunda compasión hacia los personajes. La ataraxia que propone el libro no es la negación del dolor, sino la posibilidad -siempre frágil- de recomponerse después del caos. La obra cierra con la autocuración, la metanoia. Refuerza esta idea de tránsito y transformación que todos llegamos a sentir; la necesidad humana de continuar, sin estridencias ni moralejas.
AmazonPagina's: 170, Paperback, Independently published
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