Un martes cualquiera, con el sol en lo alto y su hijo de la mano, lo esposaron en la calle.No había hecho nada distinto de lo que hace cualquier hombre de trabajo: pagar lo que debía, cumplir lo que le tocaba, confiar en quien no debía. Bastó una acusación para que, durante doscientos veintisiete días, cada decisión -desde cuándo comer hasta a quién saludar- la tomaran otros.227 días sin libre albedrío es el relato de ese encierro. Pero también, y sobre todo, de lo que vino después: los días en libertad que resultaron, en muchos sentidos, todavía más duros. Entre la traición de quienes creyó aliados, los pactos que se firman para sobrevivir y una fe que se agrieta sin llegar a romperse, este testimonio recorre la distancia que separa salir de la cárcel de quedar realmente libre.No es un ajuste de cuentas con el sistema ni una petición de compasión. Es lo que casi nadie se atreve a contar: que la puerta de la prisión se abre, pero la condena no siempre termina. Que, afuera, también se lleva una celda a cuestas.Una historia sobre la culpa, la reconstrucción y el precio de las decisiones -las propias y las ajenas- para quien haya creído alguna vez que estas cosas solo les pasan a otros.
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