Lo único que quería era fumarme un cigarro. Un cigarro lo solucionaría. Juraría que lo había dejado en la mesita de noche, pero no, allí no estaba. Me puse a buscarlo por toda la habitación. Me puse a buscarlo por la cocina. Ni rastro de él. ¿Había tenido un despiste imperdonable y me había quedado sin pitillos? No, no era eso. Recordé que anoche lo había dejado en el balcón, así que fui hacia allí. Y entonces fue cuando apareció el pingüino.
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