Antártida: el último lugar inexplorado, un desierto de hielo silencioso e inmóvil, cuyas capas milenarias guardan secretos que apenas ahora comienzan a desvelarse. Es aquí, a más de mil kilómetros de la costa más cercana, donde un grupo internacional de científicos ha establecido una base temporal: Polaris VI, construida sobre un misterioso vacío detectado por una sonda satelital bajo uno de los glaciares más antiguos del continente. La expedición, liderada por la geóloga italiana Elena Moretti, tiene como objetivo estudiar una cavidad subglacial que, según los primeros análisis de sonar, oculta una estructura geométricamente perfecta. Algunos la descartan como una formación natural, otros murmuran que se trata de una presencia artificial sepultada por el tiempo. Al llegar a la base, todo parece estar bajo control: el equipo, compuesto por expertos en diversas disciplinas (glaciología, biología, ingeniería, seguridad), se instala y comienza las operaciones. Pero desde los primeros días, algo no cuadra. El equipo falla sin razón aparente, y algunos miembros informan de sonidos inexplicables provenientes del subsuelo: vibraciones sordas, como una respiración profunda a través del hielo. Durante la primera perforación, una antigua explosión de gas casi mata a uno de los técnicos, pero descubre un túnel perfectamente labrado en el hielo. Las paredes son lisas como el cristal, sin ningún rasgo natural. En la base del túnel, se descubre un portal... o algo parecido: una superficie circular grabada con símbolos desconocidos, indescifrables para cualquier idioma humano. Es más antigua que el propio hielo.
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