Dos mundos. Una bahía y un viento, el levante, que sopla desde África y se lleva el olor a gasoil de los yates, hasta las ventanas de los pisos de protección oficial, y trae el olor a fritura de pescado y a pobreza hasta las narices de los que pagan dos mil euros, por una noche en el hotel de cinco estrellas.Yo vivo en la frontera.Mi nombre es María de las Nieves Medina, pero todo el mundo me llama Macu. Tengo treinta y ocho años, las manos llenas de callos y una cuenta bancaria, que a finales de mes siempre está en números rojos.Froto las cubiertas de los yates donde los ricos se emborrachan el fin de semana, limpio los cristales de los chalets de las urbanizaciones cerradas, donde los empresarios evaden impuestos; cambio las sábanas de hilo egipcio donde las parejas de buena familia fingen que se quieren.Soy invisible. Soy el fantasma que pasa la aspiradora mientras ellos desayunan, la mano que retira las toallas húmedas de la piscina y las copas de champán vacías de la noche anterior. Soy la que ve, la que escucha, la que sabe.En este país, en la España de la burbuja turística y los ERTE, de los pisos de cuatrocientos euros que no puede pagar ni Dios y los chalets de tres millones, que se venden en un fin de semana, ser invisible es el único superpoder que tiene la gente como yo.
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