Antes de que algo cayera, no había tiempo Hubo un momento -si acaso puede llamarse así- en que todo estaba contenido. Las formas no se separaban. La energía no se dispersaba. La luz no necesitaba avanzar para ser comprendida. No había antes, ni después. Solo una quietud tan perfecta que ningún testigo podía nombrarla. Porque nada cambiaba. Porque nada se perdía. Y entonces, ocurrió lo que nunca debió tener nombre: una asimetría diminuta, una imperfección imperceptible en la forma del equilibrio. No fue error. No fue destino. Fue necesidad invisible. Desde ese punto sin punto, el universo comenzó a deslizarse. No hacia el caos. No hacia el fin. Hacia la entropía. Y con ella, nació el tiempo. El tiempo no apareció como un dios, ni como un flujo. Fue un síntoma. Un eco de la fractura. Una dirección que sólo puede existir cuando algo ya no puede volver a ser lo que fue. A la caída le dimos un nombre: "abajo". Al aumento de desorden, otro: "tiempo". Pero ambos son lo mismo: la manifestación del universo saliendo de su espejo, sin posibilidad de entrar de nuevo. Esta es la historia de esa caída. No de una catástrofe, sino de una curva inevitable. Una curva por la que el universo resbala sin querer morir, pero sabiendo que no puede sostenerse. En cada capítulo, una forma se pierde. En cada instante, algo se degrada. Y al final, solo queda una pregunta: ¿Qué somos cuando el tiempo ya no fluye, sino cae con nosotros... hacia lo que aún no sabemos nombrar?
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