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Winkels met andere maten
En mi mente, lo que se clava no es el frío, sino el sabor. Un regusto metálico, espeso y extraño, que se aferra a mi lengua como una moneda oxidada. Es el sabor de la culpa. O quizás, el sabor de la sangre. El agua ya me cubre los tobillos. Helada, pesada, subiendo implacable por mis piernas mientras las luces del comedor parpadean, distorsionando las sombras en un carnaval al revés. La silla cruje bajo mi peso, pero apenas lo siento. Mi cuerpo se apaga, pero mi mente está más lúcida que nunca. Frente a mí, el plato está intacto. Hace apenas unas horas, este era el santuario de mi felicidad. Ahora, es la tumba de mi cordura. Siento el ardor en el estómago, el veneno haciendo su trabajo. Lo planeé al milímetro, cada paso fue un cálculo frío. Iba a ser el final de mi venganza, el acto definitivo para borrar la sonrisa de Francisco y reclamar lo que siempre fue mío. Iba a ser justicia. Pero mientras el agua helada me alcanza la cintura y el frío me congela las venas, una certeza devastadora se abre paso entre la niebla de mi mente. Escucho un eco en mi cabeza. No es mi voz. Es la risa de Isabel. Miro mis manos, entumecidas y temblorosas. Recuerdo el cuchillo. Recuerdo la cicatriz que dejé en su piel para marcarla como mía. Recuerdo cada paso de mi obsesión, cada sombra que acechó sus pasos, cada mentira que tejí para destruir su vida con Francisco. Fui el monstruo. Fui el arquitecto de su infierno. O al menos, eso es lo que mi memoria me grita. Porque hay un detalle que no encaja. Un pequeño hilo rojo en este tapiz de locura que me ha traído hasta esta habitación inundada. Recuerdo los ojos de Isabel cuando le apunté con el cuchillo. No había miedo en ellos. Había una sonrisa. Una sonrisa fría, calculadora, de quien acaba de mover la pieza final en un tablero de ajedrez. El agua me llega al pecho. El aire se vuelve sólido. Y mientras la oscuridad me reclama, la verdad más aterradora no es que yo sea el monstruo que creía ser. La verdad, es que ella me dejó creer que lo era. Estoy solo, ahogándome en mi propia trampa. Pero si quieres saber cómo un hombre ciego tejió su propia soga... puedes acompañarme en este viaje. Solo ten cuidado de no mirar demasiado de cerca a la víctima.
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