En las catacumbas de Bet She'arim, un epigrafista muere sin explicación aparente pocas horas después de encontrar algo que llevaba dieciséis siglos sellado bajo tierra. No hay señales de lucha. No hay respuestas médicas. Solo un vacío en la mesa donde antes descansaba un objeto que él mismo describió como capaz de cambiar quinientos años de historia religiosa. La única persona capaz de leer lo que ese hombre encontró es una epigrafista francesa que hasta ese momento había dedicado su vida a estudiar palabras muertas con la distancia fría del método científico. Un mensaje a medianoche la arrastra desde París hasta Israel, y desde ahí a Roma, siguiendo un rastro de manuscritos, claves cifradas y símbolos que llevan siglos advirtiendo lo mismo: hay un nombre que la historia decidió borrar. Cada persona que se acerca a la verdad paga un precio. Un investigador privado muere en Zúrich. Un joven arqueólogo desaparece sin rastro. Y una red centenaria conocida solo como los Hijos del Silencio demuestra, una y otra vez, que protegerá ese secreto al costo que sea necesario, con aliados dentro de instituciones que nadie sospecharía. En el centro de todo hay una placa de cobre, una lista de doce nombres que el cristianismo primitivo consideró sagrada e intocable, y una pregunta que ninguna institución religiosa ha querido responder en dos mil años: ¿qué pasaría si uno de esos doce nombres nunca fue quien todos creyeron que era? El Discípulo 13 es la novela que hará que vuelvas a mirar la historia que creías conocer. Documentada, vertiginosa y perturbadoramente plausible, es la clase de lectura que no sueltas hasta la última página, y que no olvidas después de cerrarla.
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