Ser el hijo invisible duele en lo más profundo del alma. Crecer sabiendo que tus propios padres no te quisieron ni te valoraron, que siempre te hicieron a un lado como si no existieras, mientras entregaban todo su amor y atención a tus hermanos, es una herida que marca para toda la vida. Es vivir en un silencio doloroso, luchando por encontrar un lugar en una familia donde nunca fuiste prioridad. Es cargar con la tristeza de no ser amado, de sentir que tu presencia pasa desapercibida y que tu valor depende del cariño que nunca recibiste. Sin embargo, en medio del abandono, también puede nacer la fuerza para salir adelante, sanar las heridas y descubrir que el verdadero amor empieza por uno mismo.
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