Este libro es un viaje en dos tiempos. Primero, al desierto, para escuchar el nombre que Dios eligió darse a sí mismo. Después, a Jerusalén, para escuchar ese nombre otra vez, ahora en labios humanos, y ver lo que le costó a un hombre decir en voz alta quién era. Porque ese hombre, hace dos mil años, dijo de sí mismo unas palabras que ningún maestro respetable se atrevería a pronunciar: palabras que solo dejan tres caminos -que mintiera, que hubiera perdido la razón, o que dijera la verdad-. No existe una cuarta salida cómoda donde decir, o creer, que solo fue un buen maestro. Cada página de este libro te obliga a mirar de frente ese dilema. EL HOMBRE QUE DIJO SER DIOS no te pide que lo admires desde lejos. Te pregunta, capítulo a capítulo, qué harás si la afirmación fuera cierta -y qué cambia en ti si lo es.
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