Chiara, maestra de primaria en un pueblo de la costa de Palermo, y Marco, electricista acostumbrado a arreglarlo todo, cumplen tras años de espera el sueño de tener un hijo. Leo nace al alba y desde el principio muestra una fascinación particular por la luz: los reflejos de la vieja lámpara, el destello del faro de Capo Zafferano sobre el mar. Al principio es una ternura: lo llaman "el girasol". Con el segundo año, la misma fijación revela otra cara. Leo no responde a su nombre, no señala para compartir, usa la mano de la madre como una herramienta. La prueba de audición es perfecta: oye todo, menos su nombre. Llega la evaluación, y con ella la palabra -autismo. La familia se encuentra asustada, desorientada, sola: los parientes minimizan, las invitaciones se diluyen, la soledad se siente en medio de los demás. El giro no es una curación. Es un vuelco: en vez de tirar de Leo hacia su propio mundo, Chiara aprende a entrar en el suyo. Arrodillada en la luz que su hijo ama, descubre la primera mirada compartida. La luz se convierte en el puente, y luego en la lengua. Siguen los años de las "pequeñas grandes conquistas que valen el doble" el mar finalmente vencido, la mano que un día la toma no para conseguir algo, sino para invitarla a mirar juntos. En la víspera de los catorce años de Leo, Chiara le escribe una carta -la carta que da sentido a todo el libro, y que el lector lee habiendo ya vivido cada línea. Leo, a su manera, le responde en la única lengua que han construido juntos: la lleva a la ventana, le muestra el faro, le dice sin palabras lo que ella le ha escrito toda la noche.
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