-¡Maldita tierra! -escupió Antonio, apartando con hastío el polvo que levantaban sus propios pasos. Los brazos le colgaban lánguidos a los costados mientras avanzaba a duras penas por el sendero. El sudor le perlaba la frente, indeciso antes de resbalar, gélido, entre las pestañas y las sienes. Las partículas de polvo se adherían con obstinación a las comisuras de los labios del joven, quien, jadeante por la incesable caminata, intentaba librarse de ellas con la punta de la lengua. Antonio alzó la vista hacia la colina que se erguía ante él y se frotó las mejillas, embadurnadas de un lodo salado. La piel, curtida y tensa por el viento, se contrajo, dolorida ante aquella áspera caricia. El sendero parecía percibir sus pisadas y rebelarse contra ellas, haciendo el camino cada vez más tortuoso. A lo lejos, más allá de los olivos, Antonio divisó los tejados rojizos de las humildes viviendas de Arbusto. Apresuró el paso, impulsado por el ansia de alcanzar el pueblo antes del atardecer. Regresaba a casa después de diez años; los últimos siete, consumidos en Inglaterra como prisionero de guerra de las tropas aliadas. Ya podía vislumbrar el campanario de la iglesia, erguido cual centinela en medio de un puñado de ladrillos esparcidos al azar sobre la colina, junto a la alta chimenea de la cantera. Aquel obelisco parecía el resultado de un testamento divino ejecutado por un notario inepto. Antonio se detuvo, apoyó las manos en las caderas y apretó los labios, resecos por la sed. Desparramado sobre el antiguo murallón de toba, Arbusto le pareció más vulnerable y pequeño de lo que recordaba. ...una maraña de tejados rojizos y muros desconchados. Antonio inclinó la cabeza, con la pesadumbre de quien ya no espera encontrar respuestas.
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