He caminado con creyentes durante años y he notado algo que se repite con demasiada frecuencia. Personas que aman a Dios, que no han dejado la iglesia, que leen sus Biblias y oran con regularidad, siguen viviendo atrapadas en los mismos temores, las mismas inseguridades y los mismos fracasos de siempre. Escuchan mensajes poderosos cada semana, levantan las manos durante la adoración, salen animados del culto, pero el lunes por la mañana vuelven a caer en el mismo pensamiento que los ha gobernado durante décadas. Algo no cuadra. Si la Palabra de Dios tiene poder para transformar, ¿por qué tantos permanecen sin cambio visible?
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