Tomás mide corales muertos en el Pacífico. Segundo trabaja en una línea de producción hasta que un dolor en el pecho, sin causa clínica, empieza a coincidir con cosas que no debería: sonidos, luces, materia viva. Antonia custodia un nodo de datos que se negó a actualizar. Y en todo el mundo, cada vez más personas descubren lo mismo: el daño del planeta ya no se lee en informes. Se siente en el cuerpo. Cuando los casos se multiplican, la corporación Aeterna ofrece la única salida: un fármaco que apaga el síntoma. No pregunta qué lo causa. No le conviene preguntarlo. Ahora cada uno de ellos enfrenta la misma decisión, en escalas distintas: dejar de sentir y seguir funcionando, o aceptar que el dolor es información - y que alguien tiene mucho interés en silenciarla. Una novela sobre el momento en que la frontera entre el cuerpo y el mundo deja de existir. La epidemia no se contagia. Se despierta.
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