La venganza del Prestige
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Bol
Más de veintitrés años después de que el Prestige desapareciera bajo las aguas, el buque "emerge" simbólicamente para señalar a quienes, careciendo de nociones básicas sobre manejar un petrolero, sentenciaron al Prestige al fondo del océano. "La venganza del Prestige" no es solo un relato; es demostrar que el desastre medioambiental fue una tragedia evitable. El libro pone nombres y apellidos a aquellos que, haciendo gala de una audacia temeraria, aún hoy blasonan de su gestión como si de una "hazaña" se tratase. Fue, en esencia, la prepotencia del ignorante: una sordera selectiva que impidió escuchar a los expertos y técnicos que conocían el protocolo preciso para abordar este tipo de accidentes. Más de dos décadas después, los responsables mantienen intacto el relato de la infamia, una construcción narrativa basada en epítetos como "capitán pirata", "buque basura" o la recurrente apelación a fuerzas de la naturaleza como la "ola gigante" o un "impacto brutal". Sin embargo, el libro sostiene que esta terminología es un escudo para no admitir una realidad incómoda: el petrolero fue hundido por la negativa a permitir una inspección de profesionales competentes y por el desprecio a los datos críticos que el propio buque suministraba desde su Sala de Control de Carga. Este punto, la información técnica ignorada en tiempo real, constituye el eje central de este libro, permitiendo al lector desgranar la responsabilidad individual de cada interviniente en el hundimiento. Una de las incógnitas que trato de esclarecer en el libro, es a qué bolsillos fueron a parar los ochenta millones donados por diversas empresas, instituciones públicas y particulares, cuyo destino debería ser para los damnificados por el desastre provocado por el petrolero Prestige y no de quienes se aprovecharon para hacer caja.
Más de veintitrés años después de que el Prestige desapareciera bajo las aguas, el buque "emerge" simbólicamente para señalar a quienes, careciendo de nociones básicas sobre manejar un petrolero, sentenciaron al Prestige al fondo del océano. "La venganza del Prestige" no es solo un relato; es demostrar que el desastre medioambiental fue una tragedia evitable. El libro pone nombres y apellidos a aquellos que, haciendo gala de una audacia temeraria, aún hoy blasonan de su gestión como si de una "hazaña" se tratase. Fue, en esencia, la prepotencia del ignorante: una sordera selectiva que impidió escuchar a los expertos y técnicos que conocían el protocolo preciso para abordar este tipo de accidentes. Más de dos décadas después, los responsables mantienen intacto el relato de la infamia, una construcción narrativa basada en epítetos como "capitán pirata", "buque basura" o la recurrente apelación a fuerzas de la naturaleza como la "ola gigante" o un "impacto brutal". Sin embargo, el libro sostiene que esta terminología es un escudo para no admitir una realidad incómoda: el petrolero fue hundido por la negativa a permitir una inspección de profesionales competentes y por el desprecio a los datos críticos que el propio buque suministraba desde su Sala de Control de Carga. Este punto, la información técnica ignorada en tiempo real, constituye el eje central de este libro, permitiendo al lector desgranar la responsabilidad individual de cada interviniente en el hundimiento. Una de las incógnitas que trato de esclarecer en el libro, es a qué bolsillos fueron a parar los ochenta millones donados por diversas empresas, instituciones públicas y particulares, cuyo destino debería ser para los damnificados por el desastre provocado por el petrolero Prestige y no de quienes se aprovecharon para hacer caja.
AmazonPagina's: 274, Paperback, Independently published
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