Una advertencia, antes de empezar: este libro no es para diagnosticar la frialdad de tu pareja, la parálisis de un hermano o la rigidez de un padre. El bisturí corta en una sola dirección. Hacia dentro.Simón el Zelote está de pie en Getsemaní, con la mano cerca del lugar donde un hombre como él habría llevado un cuchillo bajo el manto. El evangelio no cuenta qué hizo esa noche. Solo dice que Jesús, momentos antes, le había pedido a otro discípulo que guardara la espada. Mateo estaba contando monedas para Roma cuando alguien se detuvo frente a su mesa y le dijo una sola palabra: "Sígueme". Marta servía sola en una casa llena de invitados cuando estalló "¿No te importa que mi hermana me deje servir sola?" - y años después pronunciaría una de las confesiones de fe más altas de toda la Escritura. Tomás exigió tocar una llaga para creer; el evangelio nunca dice si llegó a hacerlo, pero esa misma exigencia terminó llevándolo, ya convencido, hasta la India.Ninguno de ellos cambió de personalidad. Lo que cambió fue la dirección de la misma corriente.Las 12 Sillas y el Centro sigue esta idea a lo largo de tres mil años: doce heridas humanas que se repiten bajo nombres distintos - una tribu de Israel, un apóstol, un santo, un eco de nuestro propio siglo. El celo que se hace pasar por justicia. La generosidad que en realidad es miedo a quedarte solo. El orden que esconde terror al abandono. La comprensión que es, en el fondo, la manera más elegante de no comprometerte con nada. Doce capítulos, uno por signo del zodíaco, y en cada uno la misma anatomía: una herida de origen, una coraza construida sobre ella, y la Grieta - el instante exacto en que la coraza se rompe y la energía que huía empieza, por fin, a fluir en la dirección contraria.San Agustín pasó media vida coleccionando maestros y doctrinas para no tener que mirar hacia dentro, hasta que una voz de niño repitió un juego -"toma y lee"- y algo en él se rindió. Gandhi convirtió su propio cuerpo en el laboratorio donde probaba cada verdad antes de creerla. Maximiliano Kolbe sostuvo catorce días de canto en un búnker de hambre en Auschwitz. Yogananda, de camino a la India, se desvió hasta una aldea de Baviera para sentarse frente a una mujer marcada por los estigmas de la Pasión; un año después, en Calcuta, buscó a otra a la que llamó, simplemente, Madre. Cada uno ocupó, sin saberlo, la misma silla que había ocupado alguien tres mil años antes.El autor no escribe desde la distancia de quien ya lo resolvió. Aparece él mismo en el libro, tres veces, entre silla y silla, porque -dice en la primera página- "el bisturí me cortó antes a mí".El libro no se abre con respuestas. Se cierra con una pregunta por silla, para que descubras cuál es la tuya. Y hay una silla más, una decimotercera que el calendario no cuenta. Quizás sea la tuya.Tu silla está servida. Siéntate.
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