LAS PIELES del FULLERO
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Me llamo Leandro Vidal Corcho y he sido, por orden aproximado de aparición, hijo obediente, monaguillo puntual, estudiante mediocre, soldado inútil, viajante de comercio, inspector de no sé qué cosa, propietario de una finca que nunca existió y marido de dos mujeres que merecían algo mejor. He sido también, en ocasiones que no vienen al caso todavía, otras personas. Esa es, si he de ser honrado, la actividad en la que más he destacado a lo largo de mis cincuenta y seis años: ser otro. Hacerlo bien. Hacerlo con esa naturalidad que tienen los pájaros para volar y los ríos para bajar, sin que nadie les enseñe ni les exija.Nací en Palencia en el invierno de 1921, que fue un invierno de los largos, de los que aprietan la piedra de las iglesias y obligan a los perros a meterse debajo de los carros.Mi padre, Generoso Vidal Encinas, era auxiliar administrativo en la Delegación de Hacienda, un hombre flaco y pulcro que olía siempre a tinta y a pastilla de jabón barato, y que consideraba la puntualidad una forma de honradez y el silencio una forma de elegancia.Mi madre, Consuelo Corcho de Vidal, rezaba el rosario cada noche con una concentración que yo, de niño, confundía con el sueño y que luego comprendí que era, más bien, una manera de no escuchar a mi padre.
Me llamo Leandro Vidal Corcho y he sido, por orden aproximado de aparición, hijo obediente, monaguillo puntual, estudiante mediocre, soldado inútil, viajante de comercio, inspector de no sé qué cosa, propietario de una finca que nunca existió y marido de dos mujeres que merecían algo mejor. He sido también, en ocasiones que no vienen al caso todavía, otras personas. Esa es, si he de ser honrado, la actividad en la que más he destacado a lo largo de mis cincuenta y seis años: ser otro. Hacerlo bien. Hacerlo con esa naturalidad que tienen los pájaros para volar y los ríos para bajar, sin que nadie les enseñe ni les exija.Nací en Palencia en el invierno de 1921, que fue un invierno de los largos, de los que aprietan la piedra de las iglesias y obligan a los perros a meterse debajo de los carros.Mi padre, Generoso Vidal Encinas, era auxiliar administrativo en la Delegación de Hacienda, un hombre flaco y pulcro que olía siempre a tinta y a pastilla de jabón barato, y que consideraba la puntualidad una forma de honradez y el silencio una forma de elegancia.Mi madre, Consuelo Corcho de Vidal, rezaba el rosario cada noche con una concentración que yo, de niño, confundía con el sueño y que luego comprendí que era, más bien, una manera de no escuchar a mi padre.
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