Cuando, sin contar con nosotros, los maestros, la Administración decidió cambiar nuestro título por el, al parecer más importante, de profesores de EGB, yo seguí sintiéndome maestra, y así se lo repetía a quien quisiera escucharme. Y tanto insistía en ello que, cuando me jubilé, mis compañeros me ofrecieron un regalo con una placa en la que se leía: Lola, siempre maestra. He pensado que este es el mejor título para mi libro. Y el reconocimiento a mi trabajo y el cariño de mis alumnos, la única y más valiosa recompensa que podían ofrecerme. Quiero que las nuevas generaciones sepan que durante la segunda mitad del siglo XX también hubo profesores que organizaron, innovaron y dinamizaron.
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