Sabes tres cosas sobre María Magdalena. Que era prostituta. Que Jesús la besaba en la boca. Que la Iglesia la borró de la historia.Ninguna de las tres está en los textos.Ningún evangelio la llama prostituta. Eso empezó en una homilía predicada un viernes de septiembre del año 591, que no fue un decreto y que ni siquiera dijo esa palabra. La del beso no existe: hay un agujero de gusano en el papiro justo donde tendría que estar, y lo que millones de personas leyeron como texto antiguo fue una conjetura que una traducción imprimió sin corchetes en 1977. Y al evangelio que lleva su nombre no lo prohibió nadie. Ningún padre de la Iglesia lo menciona. Ni una vez, ni siquiera para condenarlo.Aquí no hay linaje, ni Grial, ni priorato, ni boda secreta, ni conspiración. Nada de eso. Hay algo bastante más incómodo: los objetos. Un códice de trece centímetros y medio comprado en El Cairo en enero de 1896. Una piedra tallada en Galilea por alguien que había visto el Templo con sus propios ojos. Un rectángulo de papiro falsificado en Florida y presentado en Roma en 2012. Y una lavandería en Dublín que llevaba su nombre y cerró en 1996.Este libro dice en voz alta los huecos en lugar de rellenarlos. Y cuenta, con fechas, quién los rellenó antes, con qué y por qué le salió tan barato.
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