La filosofía no tiene la obligación de ser fácil. Sería absurdo exigir a Platón, Aristóteles, Spinoza, Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein, Zubiri, Lacan o Derrida la transparencia inmediata de una noticia de periódico. Quien pide a la filosofía que renuncie a toda dificultad no está defendiendo la claridad: está pidiendo que la filosofía deje de ser filosofía. Hay problemas que son difíciles porque tocan zonas difíciles de la experiencia: el ser, la verdad, el tiempo, la libertad, la muerte, el deseo, la justicia, el lenguaje, el poder, la historia, Dios, el cuerpo, la nada. No se entra en esos problemas sin pagar un precio. Pero de ahí no se sigue que toda oscuridad sea profundidad. Esta confusión es una de las supersticiones más persistentes de la vida intelectual. Se cree, o se finge creer, que un texto oscuro está necesariamente más cerca de lo hondo que un texto claro; que la sintaxis torturada prueba una intensidad especulativa; que el neologismo solemne garantiza la novedad; que una frase casi incomprensible debe esconder una intuición decisiva. Como si la niebla fuera ya una montaña. Como si una puerta cerrada demostrara que detrás hay un tesoro.
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