Juan Ramón Jiménez vivió en Moguer, España, fascinado por su tierra. Tenía, para su época y su ámbito, gran conciencia ecológica y empatía hacia los seres en desventaja: los niños, los gitanos y los animales. En Platero, un burro que no le sirve para trabajos propios de su especie, vuelca sus preocupaciones filosóficas y literarias. Comparte con el burro -su amigo, la zona más inconsciente de su alma-, sus impresiones sobre los días y las noches, las estaciones, los hombres y sus costumbres en una serie de poemas en prosa de elevada factura literaria. Es difícil no compartir con Juan Ramón Jiménez la necesidad de comunicarse con los animales que amamos y resultará imposible para el lector no terminar considerando a Platero parte de su familia.
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