Aterrizamos en la vida con un cuerpo que será nuestra marca indeleble mientras sigamos revoloteando en esta dimensión llamada Tierra. Y con ese mismo cuerpo -un poco mas machacado, quizá trozado; sin apéndice, sin vesíula, cojos, tuertos- partiremos algún día, deseándonos alas y buen viento. Nuestra Madre Tierra, la que nos acoge en este transito, actúa como un escultor natural. Es el viento que desgasta, transporta y deposita partículas de arena y polvo, esculpiéndonos lenta, sutil y delicadamente. Gracias a la erosión eólica se forman dunas en desiertos y playas, rocas de formas caprichosas-arcos, hongos de piedra-, ondulaciones en la arena y yardangs: crestas alargadas talladas por vientos persistentes. También se forman cicatrices: las físicas, producto de enfermedades, accidentes o tratamientos médicos. Pero las que verdaderamente permanecen, las que se tatúan y florecen en nuestro ser, son otras. Son las semillas que dejan las personas que transitan por nuestras vidas. Ellas llegan para quedarse. Algunas de esas presencias ya no están, pero siguen habitándonos. Entonces surge la pregunta: ¿Seremos capaces de reconocer a nuestros escultores naturales, incluso cuando ya no están? ¿De identificar qué marca, qué cicatriz, qué semilla dejaron en nosotros durante esta travesía llamada Vida?
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