Los nueve millones de brujas quemadas los calculó un funcionario alemán en 1784. Hizo una regla de tres con treinta muertos de su archivo local. La cara de macho cabrío que dibuja todo el mundo se compuso en 1854, y quien la dibujó no la pensó como el diablo. La palabra hebrea que traducimos por Satanás no era un nombre. Era un cargo, y en un pasaje del Antiguo Testamento lo ocupa un ángel de Dios cumpliendo órdenes. Y la mayor ola de denuncias de sectas satánicas del siglo XX terminó con un informe del FBI encima de la mesa. Decía que no había aparecido ni un cuerpo. Nada de eso significa que no pasara nada. Pasó de todo, y hay expedientes. De Satanás se ha escrito muchísimo, casi siempre de dos maneras: para asustar o para reírse. Aquí no se hace ninguna de las dos. Cada página separa tres cosas y no las mezcla nunca: lo que está probado, lo que solo afirma una parte, con su nombre delante, y lo que no se puede saber. Dentro: - El sorteo entre dos cabras del que salió la expresión chivo expiatorio.- Quién dibujó en 1854 la cara que hoy es el emblema del satanismo, y para qué la dibujó.- La carta que un alcalde de Bamberg escribió a su hija desde la celda antes de confesar.- Los números reales del auto de fe de Logroño de 1610, que casi siempre se dan mal.- El fraude de doce años que un francés confesó en público en 1897, con el Vaticano dentro.- Qué decía el informe del FBI de 1992, y por qué su autor puso una palabra entre comillas en el título.- El disco al revés, el trato en el cruce de caminos y las mutilaciones de ganado, uno por uno.- Las fiestas en las que el diablo baila, organizadas por cofradías católicas. Una investigación que dice qué está probado, quién sostiene lo demás y dónde se acaba lo que se sabe.
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