La bruma del puerto se deshacía poco a poco ante el primer resquicio de luz, como si la ciudad pudiera respirar después de la noche. Camila se apoyó en la ventana estrecha de su pequeño apartamento y dejó que el vapor del café le dibujara círculos en las manos. El olor a pan recién horneado venía desde la panadería de abajo, donde alguien siempre estaba al inicio de la jornada. A esa hora, cuando el mundo parecía recién nacido, Camila sabía ya cuál sería su tarea para ese día: dar un paso más hacia aquello que, sin gritarlo, le pedía paciencia. El sueño que la mantenía despierta era, ante todo, una promesa de olor a pan y de risas en una mesa compartida. No era un sueño hueco, ni una fantasía que se desvanece con el primer dolor de cabeza. Era la idea de abrir un pequeño café, un lugar donde cada plato contara una historia de la ciudad, de las manos que trabajan temprano y de la paciencia que se enseña en cada hora de horno lento. Pero, como todo sueño que quiere hacerse carne, exigía pasos pequeños, constantes, sin grandes gestos de violencia contra el tiempo...
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